Resiliencia

Resiliencia

Resiliencia es una palabra que curiosamente proviene de las ciencias duras, de la Física, y que en ese campo alude a “cierta capacidad que oponen los cuerpos, en especial los metales, a su ruptura por choque o percusión”.Y es lo que me viene a la mente cada vez que me pregunto acerca de por qué es tan importante tratar de mejorar las relaciones de colaboración entre padres y maestros, y quiero una respuesta breve. Es, básicamente, para generar y desarrollar esa capacidad. No sólo en los niños sino también en los adultos; no sólo en la escuela sino también en la familia. Porque no sólo hay personas más o menos resilientes, sino también grupos e instituciones. Y, a nuestro juicio, es una metadestreza, que hace posible a todas las demás.
Autor: Rolando Martiñá
 
Cuando una de mis nietas tenía poco más de un año, comprobamos durante unas vacaciones que le fastidiaban mucho las moscas. Una vez agotados nuestros recursos para luchar infructuosamente contra el “factor externo”, a su abuela (mi esposa) se le ocurrió una alternativa: le dijo que su mamá, que era italiana, cuando ella era chica le había enseñado en su idioma unas palabras mágicas que hacían desaparecer las moscas, si uno además movía los brazos: las palabras eran:  “Via, via” (fuera, fuera, en italiano). El asunto se transformó en un juego que la niña buscaba repetir, encantada con hablar en otro idioma (fue bastante precoz con el propio), y convencida de sus poderes frente a las moscas, que efectivamente huían “espantadas”(¡). Se había modificado el “factor interno”, se había creado una nueva destreza, se había reforzado un vínculo significativo y siempre lo comentamos como un bello ejemplo de solución creativa.
Sin embargo, la cosa no quedó allí. Un par de años más tarde, habiendo sido picada por mosquitos, preguntó a su madre (mi hija), por qué los mosquitos nos picaban. La madre le explicó que se alimentaban de nuestra sangre. Ella se fue, pensó un rato y luego volvió con una propuesta: “Y si nos sacamos un poco de sangre, la ponemos en un platito y así comen y no nos tienen que picar?” Nos divertimos mucho con la anécdota y no dejamos de asociarla con la anterior( no sólo por motivos zoológicos). Nos pareció que formaban parte de una interesante secuencia de aprendizaje de la capacidad de negociar creativamente con la realidad, aún en situaciones adversas, aprovechando la experiencia anterior. (Aunque no pudimos dejar de sospechar que en algún momento, por suerte más adelante, la niña descubriría que hay en el mundo seres que gustan picar, porque sí...)
La capacidad desarrollada por la pequeña en ambos casos, es un buen ejemplo de lo que se conoce hoy en día en el ámbito de las ciencias de la conducta, como resiliencia. Es una palabra que curiosamente proviene de las ciencias duras, de la Física, y que en ese campo alude a “cierta capacidad que oponen los cuerpos, en especial los metales, a su ruptura por choque o percusión”.Y es lo que me viene a la mente cada vez que me pregunto acerca de por qué es tan importante tratar de mejorar las relaciones de colaboración entre padres y maestros, y quiero una respuesta breve. Es, básicamente, para generar y desarrollar esa capacidad. No sólo en los niños sino también en los adultos; no sólo en la escuela sino también en la familia. Porque no sólo hay personas más o menos resilientes, sino también grupos e instituciones. Y, a nuestro juicio, es una metadestreza, que hace posible a todas las demás: si la vida está llena de “moscas y mosquitos” y sucumbo o huyo al primer contacto con ellos, no tendré demasiadas chances de seguir adelante. Y, en realidad, de eso se trata fundamentalmente: de cómo seguir adelante.
Claro que para adoptar esta posición frente a la vida, hay que superar al menos dos grandes obstáculos ( que según la misma visión, serían estímulos): uno más genéricamente cultural y otro más específico referido a las ciencias de la salud. El primero consiste en una cierta respetable desconfianza acerca de la validez ideológica del procedimiento. O sea: si trato de desarrollar los “recursos interiores” no me estoy resignando a la maldad de los “exteriores”? No estoy renunciando de hecho a modificarlos? El segundo se vincula a cierta resistencia al cambio de paradigma que consiste en enfocar los aspectos positivos más que los negativos. En tomar cierta distancia de los diagnósticos patológicos (y patologizantes), para centrar los esfuerzos en desarrollar los recursos que permiten a la gente afrontar con éxito la adversidad.
A lo primero podríamos responder, en principio, que vale la pena hacerse la pregunta. Pero que las perspectivas no son necesariamente opuestas o excluyentes; y que, además, inevitablemente la vida sigue y no es infinita. En el caso de las moscas, por ejemplo, deberíamos haber dedicado todo el resto de nuestras vacaciones para recorrer los alrededores y cada vez lugares más lejanos, para finalmente encontrar el mágico producto que eliminara de una vez y para siempre a las causas del problema? Quizá alguien se esté encargando o se encargará alguna vez de eso; pero nosotros, los que estábamos ahí, deberíamos haber apostado a luchar (o esperar) hasta que “las moscas desaparecieran de la faz de la tierra”; y aún cuando hubiera sido posible, a qué costo? Y mientras tanto, la pobre niña y todos a su alrededor, penando? Y ella perdiéndose de aprender palabras y juegos? Para jugarlos con su querida abuela, además?
Para superar lo segundo, nos apoyamos en primer lugar en uno de los fundadores del concepto de resiliencia, B Cyrulnik; neuropsiquiatra y etólogo, niño sobreviviente de Auschwitz, autor de un impresionante libro poéticamente llamado  “La maravilla del dolor”. Allí se lee que...”la desgracia nunca es algo puro. Tampoco la felicidad. Pero apenas la convertimos en relato, damos un sentido al sufrimiento y comprendemos, mucho tiempo después, cómo pudimos transformar una desgracia en maravilla, ya que todo hombre herido se ve forzado a la metamorfosis...” Más adelante rastrea en la literatura: de Ch. Dickens a M. Gorki, de Tolstoi a R. Kipling; y en el cine, del F. Truffaut  de “Los cuatrocientos golpes”, al R. Benigni de “La vida es bella”. Luego en los estudiosos de la psique humana, como Anna Freud, con sus huérfanos de la guardería de Hamspstead, en la Segunda Guerra; las confirmaciones de F. Doltó en “La dificultad de vivir” y el enorme legado de John Bowlby,  creador de la “teoría del apego”, precursor sin duda de estos derroteros, quien cuestiona seriamente un “a priori” de la psicología  que sugiere que “cuanto más dura es la vida, más posibilidades hay de que nos produzca depresión”. 
  Para poder apostar a la resiliencia, según Cyrulnik, debemos aceptar el oximoron, la contradicción en los términos, como en el propio título de su libro: “La maravilla del dolor”. Debemos aceptar que  - como hemos dicho acá varias veces – la vida no es lineal y las cosas a veces no son como parecen ser. Que en lo humano las relaciones causa-efecto no son mecánicas y que siempre funciona el “efecto bisagra” en un sentido o en otro. Y que muchas veces la cultura les agrega a los resilientes un problema adicional: no aceptarlos como tales, no quererlos sino como víctimas. Creyendo que así – y sólo así – se podrá hacer justicia.
Yo, sin embargo, le diría a mi nieta: “ya habrá tiempo de sobreponerse también al dolor de comprobar que hay quien “pica por picar”. Por ahora, juguemos a que nuestras  palabras y nuestros gestos espantan a las moscas y a que  nuestra inteligencia nos ayuda, al menos imaginariamente, a buscar la mejor forma de no dejarnos  picar. (Escribirá ella alguna vez un relato titulado: “La divertida historia de las  fastidiosas moscas y los mosquitos hostiles”? O algo así?) (*)...  (Querrá el lector disponer de unos minutos para evocar alguna historia similar..?)
Sea o no alguna vez escrito, este relato refleja en una notable síntesis muchos de los llamados fuentes o factores mínimos, fundantes de la resiliencia, según algunos de sus expositores (1), (2), más allá de los predisponentes genéticos aún poco conocidos.
  _  Sostén afectivo: presencia de, al menos, un adulto atento a las necesidades del chico. Alguien consistente y confiable. Que no “pesque por él, pero que le enseñe a pescar”. Alguien que haga “sentir” la pertenencia a un mundo relativamente seguro y estable, donde las dificultades son tomadas como problemas y no como catástrofes. Y, si forma parte de una red más amplia, mejor aún. Alguien que ofrezca modelos de comportamiento y no sólo indicaciones o prescripciones verbales. Alguien que esté disponible, a quien se pueda recurrir, no sólo cuando hay problemas sino también cuando se necesita un compañero de aventuras o de diversión. Alguien que “quiera abrir la puerta para ir a jugar..”
_ Aprendizaje: la importancia cognitiva y emocional de avistar un nuevo escorzo del mundo. Un nuevo punto de vista, una nueva posibilidad. La demostración palmaria de que el relato está en perpetua construcción, que no forma parte de un destino ni de una fatalidad. Que la vida es algo plástico, algo que se puede modelar; donde  se pueden establecer nuevas conexiones internas y nuevas relaciones con las cosas del exterior. Que se puede descubrir e inventar.
_ Autonomía: la constancia transferible del  poder de influencia sobre la realidad. La autovaloración favorable y el sentimiento correlativo de “estar a bien con los espíritus”, de ocupar un buen “lugar en el mundo”. La capacidad de introspección y reconocimiento de los propios recursos y de la posibilidad de ampliarlos o mejorarlos. La capacidad de sostener las propios preferencias y los propios rechazos, más allá de las opiniones ajenas; junto a la capacidad de vincularse con esas opiniones cuando se vislumbre en ellas la intención de ampliar el relato y no de restringirlo. El sentimiento de tener el control ( relativo, como todo) sobre las propias cosas y las que pueden llegar a importar.
_ Juego: disposición al placer, al humor, a la imaginación. A la manipulación de la realidad, a la sustitución, a las alternativas, a la creatividad. Aptitud para descubrir, inventar y jugar juegos de “ganar-ganar”, juegos de suma no cero, donde la ganancia de uno no suponga inevitablemente la derrota del otro. Aptitud para tomar las mejores decisiones dentro de las razonables: “no huir de los mosquitos, ni matarlos, pero tampoco resignarse simplemente a quejarse y  padecerlos”. Aptitud para construir relatos, o al menos para tener la inteligencia de incluirse en algún buen relato en curso. El mejor de los relatos en curso que se encuentre a disposición.
 
La cuestión de la toma de decisiones merece, a nuestro juicio, un párrafo especial, porque cada vez que tomamos una decisión, de algún modo, conciente o inconcientemente, ponemos en juego nuestras capacidades y también nuestras carencias. Iniciamos un relato o nos incluimos en alguno. Con mayor o menor cálculo de los riesgos y las ventajas, pero partiendo de la base de que – desde que nacemos – estamos incluidos automáticamente en un relato, o mejor dicho en dos: el gran relato de nuestra sociedad, nuestro tiempo, nuestra cultura y el pequeño relato de nuestra familia. De ahí obtenemos los significados esenciales para nuestras primeras decisiones y para los relatos que – en el mejor de los casos – seremos capaces de crear. Y eso va constituyendo el significativo relato que llamamos identidad, que no es otra cosa que la secuencia ramificada, relativamente coherente, de nuestras decisiones, internas o externas. Y esa es una de las razones de por qué nos cuesta tanto cambiar. Porque hacerlo significa tomar una o más decisiones que de algún modo contrarían la innumerable cantidad de decisiones ya tomadas durante mucho tiempo. E impugnar, por eso, en bloque, nuestra capacidad y nuestra autovaloración. 
 Más de una vez, en tareas clínicas o de asesoría hemos utilizado el siguiente recurso para ayudar a las personas o a las instituciones a indagar sobre sus decisiones: “Qué significa esto? Qué relato estás comenzando? En qué relato te estás incluyendo? Qué es previsible esperar del desarrollo y culminación de ese relato? Qué pasa si realmente se cumpliera el deseo propio o ajeno que te impulsa a incluirte en él? Es el mejor de los relatos posibles dentro de los razonables? Tal como viene( historia pasada) y como es previsible que continúe (historia futura), cómo te ves dentro de él? Cómo te ves fuera? Es un relato que narrarías con orgullo? Con vergüenza? Con cuál de sus finales posibles te declararías satisfecho?
No puedo dejar de mencionar ahora mi experiencia con el ajedrez, ese maravilloso juego que me atrapó durante muchos años y que aún hoy me tienta. Recuerdo que cuando aprendí a jugarlo (a través de un adulto significativo que le dedicó horas a eso!), hice lo que hacíamos en general los chicos y que Piaget (3) describió tan ajustadamente en su teoría de la adaptación: actuar “como si fuera el juego de damas”; o sea, tratar de comer la mayor cantidad de piezas adversarias posibles y/o , ya un poco más adelante, dar “jaque mate” lo más pronto posible, para lo cual disponíamos de un truco bastante conocido entre los jugadores, que, para tener éxito, requiere de una enorme torpeza del adversario: “el jaque mate pastor”. Era la etapa de “ver el árbol y no ver el bosque”. Y de no disfrutar del juego, sólo de ganar. Era una primera simplificación. 
En una segunda etapa ( también gracias a otro adulto significativo!), “descubrí el bosque”. Me fui enterando de por qué lo llamaban “el juego ciencia” y también de por qué algunos especialistas hablaban de “bellas” movidas o “hermosas” partidas. Reconocí su complejidad, sus múltiples variantes y  relaciones y las infinitas probabilidades que se abrían en cada partida, aunque desde hacía siglos el tablero de sesenta y cuatro casillas era el mismo y las treinta y dos piezas también. Aprendí a tener en cuenta no sólo mi juego sino también el de el otro. A anticipar mis movimientos y los de él, a la vez que conservaba en la memoria el desarrollo previo de la partida. O sea, empecé a pensar en términos estratégicos. Leí libros; me enfrenté con la dura realidad de que lo que yo creía a veces inventos eran jugadas o conjuntos de jugadas que se conocían y se estudiaban desde hacía años. Me adiestré en el reconocimiento de mis buenas jugadas y las ajenas. Y también de las malas. Aprendí a ganar con sobriedad y a perder con hidalguía. Pero a menudo me confundía o me cansaba teniendo que considerar tantas cosas a la vez. Renegaba de la complejidad, y anhelaba una nueva simplificación. ( Y más de una vez estuve tentado de “patear el tablero...”)
En realidad, el tercer paso no fue una simplificación sino el arribo a una sana y útil simplicidad. Me di cuenta de que si me quedaba demasiado en la etapa anterior podría llegar a convertirme en una gran “teórico” del juego, pero seguramente no llegaría a ser un buen jugador. Y de que pese a tan engorrosas complicaciones e inagotables posibilidades, finalmente había, entre las miles de jugadas posibles, unas pocas razonables, dos o tres más o menos buenas y una que era la mejor. Y que de vez en cuando sucedía que “esa” la mejor, no había sido nunca ejecutada, era un invento, un fruto de mi capacidad de creación. Y que si no entendía claramente eso y lo llevaba a la práctica, el reloj seguiría avanzando inexorablemente y me arriesgaba a perder.  Porque en esa época, ya más grande, jugaba torneos en serio, de adultos, es decir  “contra reloj” ( como la propia vida, no?).
El arribo a esta nueva etapa no sólo me abrió nuevas posibilidades como ajedrecista, sino que me ayudó a ser más modesto y a valorar las simplicidades de los otros, sabiendo por qué complejidades habían debido pasar antes. Me ayudó a comprender que si permanecía en la primera simplificación corría el riesgo de cometer muchas torpezas, de subestimar al adversario, y sobre todo de estancarme en el dominio del juego. Y si permanecía demasiado en la segunda etapa,  podía convertirme, en el mejor de los casos, en un buen analista de partidas, un teórico, un académico. Y en el peor,  en lo que hemos llamado en otra parte “un pensador de clase B”. En cualquier caso, no llegaría a ser un protagonista, no llegaría a construir mis propios relatos. Sólo podría repetir los de otros. Descubrí – con cierto horror, es verdad – que de un modo u otro las decisiones serían tomadas. Y que si uno no toma las que puede tomar, deberá depender de quien sí las toma. Deberá incluirse en otro relato, deberá resignar poder. Lo cual realmente no sería tan grave si uno lo elige concientemente y no cae en eso simplemente forzado por el reloj. O por cualquier otra cosa(*)...( Quisiera el lector recordar algún episodio o proceso que pueda vincular con lo anterior?)
 
Muchos años después comprendí que, en realidad, siempre construimos algún relato y siempre nos incluimos en alguno o algunos otros. Y que lo que podríamos llamar inteligencia resiliente consiste, en principio, en asumir que en el mejor de los casos, nuestra familia nos esperaba. Pero el mundo no. Que nadie es tan importante para que el reloj se pare a esperarlo, y que el mundo puede seguir perfectamente adelante con nuestras decisiones o sin ellas. Y que es a cada uno de nosotros que debe importarle “hacerse un buen lugar en el mundo o renunciar a él”.
También entendí que ese lugar siempre tendrá que ver con los otros. Pero que una de las decisiones fundamentales que debemos tomar es cuál es el modo en que, en cada caso, nos vincularemos con los demás. Para ejemplificarlo vienen al recuerdo dos ideas pertenecientes a dos grandes del conocimiento de la psique humana, Fritz Perls, inspirado creador de la “Psicología Gestáltica” y Ronald Laing, antipsiquiatra, uno de aquellos rebeldes setentistas que dejó la marca de su genio más allá de su coyuntura histórica y cultural. Del primer recuerdo siempre un pequeño poema que dice así: “ yo soy yo y tú eres tú. Yo no estoy en el mundo para cumplir tus expectativas y tú no estás en el mundo para cumplir las mías. Ni yo soy tú, ni tú eres yo. Si nos encontramos, será hermoso. Si no, no puede remediarse”. Un canto a la unicidad y la autonomía humanas. El segundo proclama: “siempre mi conducta será una experiencia para los otros. Y la conducta de los otros, será siempre una experiencia para mí”.  Un canto a la inevitable e imprescindible relación con los otros, que nos hizo humanos y  a través de la cual  podremos humanizarnos cada vez más.
Finalmente, reparo en que esta fructífera idea de la resiliencia nos abre la posibilidad de hilvanar en una red de sentido, a la mayoría de las ideas que han ido señalando los hitos de esta obra: Crisis – Inteligencia – Desafío – Adaptación de primero y segundo grado – Pensamiento sistémico – Complejidad – Progreso moral – Aprendizaje – Juego y Cultura – Civilización – Negociación – Cultura del Cuidado. 
Hasta aquí, el autor. En el próximo y último capítulo una nueva mesa redonda, pero esta vez con directivos y docentes de tres escuelas de la Ciudad de Buenos Aires.
 
 
 
AYUDAMEMORIA
_ Moscas, mosquitos y juegos.
_ La resiliencia y cómo lograrla. Obstáculos.
_ Fuentes de resiliencia.
_ Relatos propios y ajenos.
_ El ajedrez y la toma de decisiones. Las etapas.
_“El reloj no se para a esperarnos...”
 
 
Actividades.
_ Converse sobre el capítulo con amigos o compañeros.
_ Trate de elaborar un relato completando como usted quiera el modelo: “La divertida historia de las/os fastidiosas/os -------- y los/as -------- hostiles”.
_ Elabore cinco preguntas que quisiera formularle al autor y envíeselas.
 
Notas:
(1) “Resiliencia”, de A. Melillo,  y E. Suárez Ojeda, E. Paidos, Buenos Aires, 2001
(2) “Resiliencia: la esencia humana de la transformación frente a la adversidad”, varios autores, Concepción, Colombia, 2000. Extraído de www.udec.cl
(3) Piaget,J: “Psicología de la inteligencia”, Psique, Buenos Aires, 1970
Piaget,J e Inhelder, B: “Psicología del niño”, Morata, Madrid, 1969
 
 
    
         
 
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