Laberintos del cerebro

Laberintos del cerebro

Un viaje por el nuevo paradigma
A mediados del siglo XX la ciencia de la mano de la Física y equipada con aparatos que aún no eran tan sofisticados como los actuales, demuestra la relatividad de los fenómenos. Los dogmas y patrones fijos pasan a ser considerados obsoletos por los modernos investigadores que consideran que la ciencia debe ser abierta, dúctil y sometida a una permanente revisión.
Investigadores de la talla de Breuer, Freud, Einstein, Jung, Piaget, Teylhard de Chardin, Mircea Eliade, Margaret Mead… Médicos, filósofos, antropólogos y físicos interrelacionando sus disciplinas a fin de conocer y reestructurar la relación entre el humano y el universo enfocando la salud y la enfermedad desde posiciones abiertas y universales, incorporando un nuevo lenguaje científico y por ende un sistema de valores que terminaría desmontando los antiguos esquemas reinantes.
 
 
Una de las disciplinas a la vanguardia de este cambio de paradigma es la neurociencia cognitiva, una de cuyas principales metas es encontrar el vínculo entre la psicología y la fisiología. Mente y cuerpo.
 
Sabemos que las conexiones cerebrales se establecen a muy temprana edad, en el feto. Se ha calculado que el número de permutaciones y combinaciones posibles de actividad cerebral es muy superior al número de partículas elementales del universo que conocemos.
 
Un accidente o un daño en el sistema nervioso de un adulto tendrá escasa recuperación funcional si no se trata adecuadamente. Hoy sabemos que un lóbulo occipital dañado (donde hay treinta áreas visuales distintas) genera en el peor de los casos ceguera total. Sin embargo hay otra clase de ceguera: la prosopognosia o ceguera del rostro donde el afectado, después de haber salido del coma ve bien, lee, escribe, se comunica con fluidez pero tiene un trastorno emocional colateral al daño: no reconoce rostros porque el circuito entre el acto de ver y la emoción de ver se ha dañado. Ya no se trata del lóbulo occipital sino de los lóbulos temporales y de su interconexión con la amígdala o núcleo emocional del cerebro. Como ejemplo citaremos el de un paciente que cuando veía a su madre no la reconocía, creía que era una impostora, pero sin embargo sí la reconocía cuando ella lo llamaba por teléfono. El reconocimiento, el contacto emocional lo lograba auditivamente.
 
Más sorprendente es el misterio que aún nos queda por desentrañar como son los enigmas planteados por otros “sectores” del cerebro como el lóbulo frontal que es el asiento del sentido moral, la sabiduría y las ambiciones.
 
Hasta hace muy pocos años la Neurología desconocía la plasticidad del cerebro y su capacidad para adaptarse a las nuevas situaciones.
 
Hoy, gracias a los permanentes avances tecnológicos contamos con sofisticados aparatos. Actualmente, con la magnetoencefalografía o MEG podemos precisar qué zonas del cerebro son estimuladas cuando se tocan distintas partes del cuerpo-mente.
 
Estos equipos realizan verdaderos mapas corporales y son una excelente herramienta  para paliar el dolor, incluso en miembros que ya no están. Como el caso de aquel individuo que se le amputó un brazo hace diez años y padece el síndrome del brazo fantasma: escozor, espasmos dolorosos, etc.  Y, si previo a la amputación de ese brazo hubiese estado inmovilizado por un cabestrillo, el afectado tiene además del dolor, la sensación de inmovilidad, adormilamiento; siente su brazo congelado.
 
La buena noticia es que el doctor V.S. Ramachandran (Los laberintos del cerebro. Ed. La Liebre de Marzo.) , investigador y catedrático de Neurociencia de la Universidad de California, ha logrado con un sencillo experimento paliar la angustia de estas personas.
 
Con un juego de espejos veía el reflejo de su mano intacta y sana superpuesto ópticamente al lugar en que experimentaba el fantasma. Luego se le pidió que tratara de hacer movimientos simétricos con ambas manos como aplaudir o dirigir una orquesta, mientras miraba el espejo. El paciente al ver que el fantasma se movía empezó a sentir movimientos y esa retroalimentación visual animó al brazo fantasma a moverse por primera vez en años ¡y como nunca lo había hecho!
 
El dolor desapareció por completo y se recuperó el movimiento en la mayoría de los pacientes que se sometieron al experimento del espejo.
 
Hoy con estas simples técnicas se están logrando resultados maravillosos en personas autistas y en las patologías que cursan con dolor. Y aunque todavía se desconoce el origen de muchos dolores crónicos y agudos, la ciencia hoy puede mapear estos circuitos neuronales, esos puentes que conectan la biología con la psicología y que a su vez se expanden en permanente fusión con el arte, la filosofía y las humanidades .
 
 
Trascendiendo la dualidad
 
En ese viaje de expansión científica la Física da un salto cualitativo: surge la Física Cuántica, demostrando lo que creíamos imposible: la unidad entre micro y macrocosmos. De sus laboratorios se extrapolaron experimentos que verificaron que el hombre no está separado del universo (literal y materialmente hablando). La ciencia demuestra que el “afuera y el adentro” son fantasías de nuestra mente.
 
Prueba de ello fue un experimento que se realizó en un laboratorio de EE.UU: se sometió a un individuo al experimento del detector de emociones; se le colocaron electrodos para medir sus ondas electromagnéticas, sus vibraciones. Por otro lado y simultáneamente a diez kilómetros se efectuó la misma prueba a un material genético (muestra de ADN) proveniente del mismo sujeto. Para sorpresa de muchos, las reacciones de la persona sujeta a estudio: picos, valles, ondas registradas en ese aparato, coincidían con las expresadas en aquel otro aparato donde se había conectado dicha muestra de ADN.
 
Los científicos se maravillan ante tales descubrimientos porque caen en la cuenta de que lo que postula la física con extrañas fórmulas es idéntico a lo que expresa la filosofía perenne.
 
Hoy estamos saliendo de la era de separatividad y del reduccionismo y entrando en la era de la totalidad y de la expansión. Se han encontrado nuevas capacidades de información en la materia viva que interactúan de manera sutil “pareciendo” un entramado invisible cuando en realidad es inobservable a simple vista.
 
La conclusión es que somos uno con el universo. De la misma manera que los científicos han conectado con la “divinidad” nosotros podemos hacerlo si reconectamos con la filosofía perenne, teniendo en cuenta que para lograrlo es necesario integrar el discernimiento de la de mente con el fluir del camino del amor. La alquimia se logra “integrando”. Si logramos combinar los aportes de los conocimientos científicos y tecnológicos con el pensamiento filosófico, pulsaremos esa “tecla” de la red cuántica que nos sumerge en el arte del no tiempo o atemporalidad, dotándonos de armonía y equilibrio para poder manifestar nuestra coherencia, la luz, en el camino de retorno al paraíso.
 
El nuevo paradigma es el salto cuántico de homo sapiens a homo noosférico; se trata del hombre común de la calle “gestionando” correctamente sus emociones.
 
El nuevo hombre conoce los componentes psicológicos de las enfermedades físicas y los biológicos y químicos de las enfermedades mentales. Se autocura con el poder de la meditación y de la intención. Un ser libre de miedos.
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