"127 Horas"

Esa historia de ‘127 horas’ es la de Aron Ralston Lee, un alpinista estadounidense que en 2003 tuvo un trágico accidente mientras hacía senderismo en Blue John Canyon (Utah).

Tras el desprendimiento de una roca, Ralston cayó en una grieta, con tan mala fortuna que la dichosa roca que cayó con él quedó trabada aplastando su antebrazo derecho y atrapándolo contra la pared del cañón.

Después de cinco días tratando, sin éxito, de liberarse, y ya sin apenas agua que poder echarse a la boca, éste optó por amputarse el antebrazo con tal de poder escapar de aquella prisión.

Ralston logró salvar su vida y, al año siguiente, documentó su historia en la autobiografía Entre la espada y la pared (y nunca mejor dicho…). Este libro es precisamente el que ha servido de base a Boyle y al guionista Simon Beaufoy (que ya colaboraron juntos en ‘Slumdog Millionaire’) para llevar a la gran pantalla la hazaña de este joven alpinista.

Aron Ralston (James Franco) se dispone a pasar el fin de semana haciendo senderismo en el cañón conocido como Blue John Canyon (cerca de Moab, Utah).
Después de aprovisionarse bien, lleva a cabo el viaje primero en coche, luego en bici y finalmente a pie hasta su destino. Mientras desciende por una grieta, la roca que hay bajo sus pies se desprende y juntos caen al suelo.

La mala fortuna provoca que el antebrazo derecho de Ralston quede atrapado entre la roca y la pared del cañón. Pese a sus continuos intentos por levantarla o moverla, la roca no cede y el joven alpinista empieza a desesperarse.

Ralston se encuentra atrapado en un lugar recóndito en medio de la nada, y lo peor de todo es que nadie, ni sus amigos ni su familia, sabe que está allí.
Boyle deja de lado el romanticismo de su anterior trabajo y nos sumerge de lleno en una cruda y verídica historia de supervivencia.

Las 127 horas que dan título a la película son el total de horas de sufrimiento que Aron Ralston padeció hasta ser rescatado. 127 horas de desesperación, pasando frío y hambre, gritando pidiendo ayuda y haciendo lo imposible para poder salir de ahí con vida. Las 127 peores horas de su vida. Pese a lo reducido del escenario, Boyle no pierde su habitual dinamismo a la hora de rodar.

De hecho, los malabarismos con la cámara son constantes en el transcurso de la película, sacándose además varios ases de la manga para que el desarrollo de la historia no sea monótono ni se haga pesado sino todo lo contrario, resulte sumamente entretenido y visualmente muy ágil.

Lo que en pocas palabras podríamos definir como ‘estilo videoclipero’, pero que encaja como un guante (aunque puede que a algunos se les atragante).
Uno de los recursos más recurrentes es el de la cámara subjetiva, ubicada a veces en lugares de lo más insólitos.


También se cambia constantemente el ángulo de la cámara para poder observar la escena desde diferentes perspectivas, de modo que tengamos una vista más amplia del entorno que rodea a Ralston, de lo reducido e incómodo que es el espacio en el que se encuentra trabado, de lo engorrosos y asfixiantes que resultan los pocos metros de los que dispone para su movilidad.

No son pocos los que han comparado esta cinta con la española ‘Buried’, de Rodrigo Cortés. Lo cierto es que ambos directores utilizan como mejor pueden los mecanismos de los que disponen, teniendo en cuenta lo limitado del escenario y la soledad del protagonista.

Más allá de eso, son dos propuestas muy diferentes en muchos aspectos, aunque tengan algunos puntos en común.
Dicho esto, Boyle tampoco pierde demasiado el tiempo en preámbulos y va bastante directo a la trama en cuestión.

No necesita explicarnos demasiados detalles de la vida del personaje principal, ya que le iremos conociendo a medida que transcurran los minutos con los habituales flashbacks. Así pues, no hace falta esperar mucho para ver a Ralston atrapado en la grieta. De ahí en adelante, se nos relatan los cinco días y pico de calvario que pasa el joven alpinista hasta que logra salir de su ‘prisión’.

En este tiempo somos testigos de los diversos y fallidos intentos para liberar su brazo. Vemos como pasan las horas y se va quedando sin provisiones; cómo sus fuerzas disminuyen y cómo la esperanza de salir de ahí con vida se va convirtiendo más en un sueño que en una posibilidad real.

Boyle logra meternos no sólo en la piel de Ralston sino también en su cabeza. Preso de la desesperación, Ralston va trayendo a su mente recuerdos de su infancia, de su juventud y de días pasados. Piensa en su familia, en sus amigos e incluso en su antigua novia.

Pese a lo solo y desamparado que se encuentra, esos recuerdos nunca le abandonan. Su gente está ahí, esperando a que vuelva, y eso es lo que hace que luche por su vida. Una maldita e insignificante roca no puede interponerse a todo eso. Una recóndita grieta no puede convertirse en su sepultura.

Además de los recuerdos de Ralston, el director plasma en pantalla también sus pensamientos y sus sensaciones (cuando tiene sed, por ejemplo).
En una más que adecuada hora y media nos relata la historia de Ralston haciéndonos partícipes de ella, transmitiéndonos su angustia y su sufrimiento. Y se permite, además, dotar a la trama de algunos momentos de humor -humor negro, se podría decir-, que nos permiten tomar un poco de aire para afrontar la siguiente escena.

Uno de los momentos más duros del film es aquél en el que el protagonista se amputa el brazo
No estamos ni mucho menos ante una ejemplo de gore atroz y repulsivo al estilo Saw, pero la crudeza y realismo con el que se rueda (sí, hay sangre y se ve ‘todo’ perfectamente), nos impacta e incómoda. De ahí a que uno se desmaye o vomite, como se informó meses atrás que ocurrió en un pase, hay un trecho. Dependerá de la sensibilidad de cada uno.

Pero ya sabemos que eso no son más que burdas artimañas publicitarias. Puede que no sea recomendable para estómagos sensibles, pero tampoco es para tanto.
Dicho esto, la película viene amenizada con animadas canciones que, en algunos casos, contrastan notoriamente con la dureza de las imágenes. Otras, cerca del final, son algo más acordes a lo que vemos en escena para poder transmitir con mayor intensidad las emociones de aquél instante.

En ese sentido, funcionan perfectamente el bien escogido tema de Sigur Rós (claramente identificable para los que ya conocemos a esta banda islandesa) como la certera banda sonora de A.R. Rahman, solemne y estimulante a lo largo de todo metraje.

Recursos narrativos y visuales a parte, no podemos obviar que gran parte del triunfo de esta película se lo debemos al bueno de James Franco.
Aunque fueron otros (Cillian Murphy, Ryan Gosling…) los que postularon o sonaron para el papel principal, finalmente éste fue a parar a Franco, al que hacía tiempo se le debía un rol protagonista con cierta enjundia.

Hasta ahora le habíamos visto participar en muchas películas como secundario (a destacar su papel en ‘Mi nombre es Harvey Milk’), a veces incluso con pequeños cameos.

Sus papeles protagonistas también fueron varios (y algunos de ellos, bastante resultones), pero a excepción de su trabajo en el televisivo biopic de James Dean (que le valió un Globo de Oro), éstos pasaron mayormente desapercibidos.
Ya tocaba, pues, que cayera en sus manos un papel tan jugoso como éste y con el que poder demostrar su talento. Y desde luego, lo hace con una creíble e intensa interpretación. Sobre sus hombre recae todo el peso del film, y supera la prueba con nota.

Con todo, Boyle convierte ‘127 horas’ en un relato enérgico y esperanzador sobre la naturaleza humana y sobre la vida. Y es que pese a la terrible situación que vivió Ralston, éste jamás dejó de hacer lo que más le gustaba e incluso volvió al cañón en el que pasó esas desesperadas 127 horas. El destino puso una piedra en su camino y tropezó, pero volvió a levantarse.

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